El pasado 11 de noviembre celebramos en Barcelona una nueva presentación de El nuevo efecto WOW: innovando con propósito, el primer libro de Carlos Grau. Fue una jornada especialmente significativa, organizada por la Comissió de Lideratge Empresarial d’Enginyers Industrials de Catalunya, en un momento en que la conversación sobre tecnología, ética e impacto social es más necesaria que nunca.
La sesión reunió a cuatro voces que han trabajado directamente con Carlos en distintas etapas de su trayectoria —y que protagonizan capítulos del libro donde se narra esa experiencia compartida—: Ana Alonso Muñumer (Salesforce), Eduard Martín (Mobile World Capital Barcelona), Cristina Colom (Schneider Electric) y el periodista David Escamilla, editor del libro y conductor de la mesa.




Para abrir la sesión, Escamilla expuso el contraste que da sentido al libro: durante años, el “efecto wow” se ha asociado a la fascinación tecnológica pura. Cada nuevo dispositivo, cada versión del smartphone, cada mejora en velocidad parecía justificar por sí misma la innovación. Pero el mensaje de El nuevo efecto WOW es muy distinto: el verdadero asombro no reside en la tecnología por la tecnología, sino en la tecnología con propósito. La cuestión ya no es solo valorar la potencia de una tecnología, sino comprender el impacto social positivo que puede generar.
A partir de esa premisa, la conversación avanzó hacia un terreno que atraviesa toda la obra: la responsabilidad de innovar en un contexto de hiperaceleración. Carlos compartió cómo, en distintas etapas de su carrera —desde Microsoft a la Fundación Mobile World Capital—, ha vivido en primera línea el despliegue masivo de tecnologías que transformaron la vida de millones de personas. Muchas veces, reconoció, la industria tecnológica avanzó enfocada en la escala, la rapidez y la eficiencia, sin anticipar suficientemente efectos sociales que hoy son evidentes: el uso pernicioso de ciertas herramientas por parte de jóvenes en los centros educativos, la aparición de nuevas formas de cibercrimen, la capacidad de las plataformas para influir en la opinión pública con noticias falsas o el impacto de la automatización en determinados trabajos. La tecnología, insistió, es agnóstica: todo depende de cómo la utilicemos los humanos. Y por eso anticipar y formar se han convertido en los dos verbos centrales de esta nueva etapa.
Cristina Colom llevó esa reflexión al terreno de la brecha digital, que describió ya no como un único fenómeno, sino como un conjunto de brechas que se superponen: de acceso, de capacidades, de género, generacionales y territoriales. Recordó que, aunque la conectividad global aumenta, no lo hace de forma homogénea, y que millones de personas —entre ellas, las que viven en zonas rurales y gran parte de las personas mayores— quedan excluidas de servicios esenciales por falta de conectividad y competencias digitales básicas. La digitalización, afirmó, no es solo una oportunidad: es también una posible fuente de desigualdad si no se acompaña de políticas de inclusión y de una reflexión ética profunda.
La conversación se adentró entonces en uno de los temas más sugerentes del encuentro: la velocidad. Escamilla lo planteó con ironía y claridad: “Vamos muy rápido… pero ¿a dónde vamos tan rápido?”. La aceleración se ha convertido casi en un valor en sí mismo, pero la mesa coincidió en que la verdadera pregunta no es cuánta velocidad somos capaces de alcanzar, sino hacia dónde nos dirigimos. Para Carlos, el reto no es correr más, sino correr con dirección. Esa idea fue tomando forma a lo largo de las intervenciones: innovar sin anticipar los efectos sociales, o sin formar a quienes deberán convivir con los cambios, puede conducir a impactos que nadie desea. Por eso, insistió en que la hiperaceleración actual —acelerada actualmente con el uso masivo de la inteligencia artificial generativa— exige más prudencia y más visión estratégica que nunca.
Eduard Martín aportó una mirada muy concreta sobre cómo aplicar esa visión a la práctica. Explicó que, durante los años en que trabajaron juntos en la Fundación Mobile World Capital Barcelona, desarrollaron una metodología sencilla pero radical: no empezar por la tecnología, sino por la vida real. No preguntarse “qué podemos hacer con 5G”, sino “qué experiencia humana merece ser mejorada y qué tecnología puede ayudar a hacerlo”. De ahí nacieron proyectos tan transformadores como el telementoring en cirugía —que permite que un cirujano experto acompañe intervenciones remotas en tiempo real— o el despliegue de robots emocionales para acompañar a personas mayores que viven solas. Ambos casos demuestran que la tecnología cobra sentido cuando resuelve un problema humano concreto. Incluso compartió un ejemplo extremo: un proyecto municipal que empezó pensando en apps para dinamizar el comercio local y que se resolvió, finalmente, con pintura verde en el suelo para guiar recorridos. A veces, recordó, la solución más humana es la más simple. Y eso también es innovación con propósito.






Ana Alonso llevó la reflexión al terreno de la colaboración público-privada, una pieza central en varios capítulos del libro. Contó cómo, en su etapa compartida en Microsoft Cataluña, Carlos impulsó proyectos que trascendían la lógica comercial pura: desde la normalización lingüística del software para garantizar libertad de elección, hasta el impulso del centro de innovación en productividad de Manresa, pasando por colaboraciones en investigación colaborativa con el Barcelona Supercomputing Center. Ana subrayó la dificultad de equilibrar los intereses de una multinacional y los de la administración pública, y cómo un liderazgo con visión —y mucha constancia— es capaz de generar escenarios donde ambas partes ganan. Carlos añadió que el mayor desafío fue transformar la percepción de Microsoft: pasar de ser la multinacional “que está de paso” a convertirse en un actor que escucha, invierte y contribuye en la sociedad catalana.
El debate avanzó hacia la inteligencia artificial generativa, cuyo nivel de adopción ha sido vertiginoso. Cristina habló de su enorme potencial inclusivo —especialmente cuando reduce barreras de acceso gracias al lenguaje natural—, pero también de los riesgos de ampliar desigualdades o acelerar fenómenos como la desinformación. Ana explicó cómo Salesforce está desplegando agentes de IA para mejorar servicios públicos sin sacrificar valores esenciales como la confianza, poniendo ejemplos muy potentes: desde agentes que responden dudas estudiantiles en horarios nocturnos hasta sistemas que ayudan a analizar documentación para la solicitud de ayudas por la dependencia, reduciendo procesos de una hora a apenas dos minutos. Son ejemplos que muestran que la IA, bien orientada, puede convertirse en una herramienta de inclusión y eficiencia social, siempre que se use con prudencia y diseño ético.
En la recta final surgió un debate especialmente relevante: la diferencia entre productividad real y simple aceleración de tareas. En un momento en el que disponemos de más herramientas digitales que nunca, muchos profesionales siguen sintiéndose más ocupados… pero no necesariamente más productivos.
Carlos Grau subrayó que la tecnología tiene un enorme potencial para mejorar la productividad, pero solo cuando se acompaña de una adecuada gobernanza del dato, de una selección rigurosa de casos de uso y de una gestión del cambio que facilite su adopción real en las organizaciones.
Eduard Martín añadió que digitalizar procesos ineficientes no los convierte en mejores: simplemente los acelera. La transformación digital —recordó— no consiste en incorporar nuevas herramientas, sino en repensar de forma profunda cómo trabajamos.
Por su parte, Cristina Colom destacó la importancia de liberar a las personas de tareas repetitivas para que puedan concentrarse en actividades estratégicas y de mayor valor. Para que eso ocurra, es imprescindible un cambio de mentalidad: comprender que la tecnología no está para hacer más, sino para permitirnos hacerlo mejor.




El encuentro concluyó poniendo el foco en aquello que da sentido último a cualquier innovación: su capacidad de generar impacto positivo. Una idea que atraviesa el libro y también la trayectoria profesional de Carlos. Ana subrayó que no todas las empresas tienen por qué tener la misma definición de propósito, pero sí todas necesitan coherencia. No se puede proclamar un propósito social si la organización no se estructura alrededor de él. Cristina añadió que el propósito es, en el fondo, el “por qué” de las cosas: aquello que nos conecta con la contribución que queremos hacer al mundo. Eduard recordó que toda empresa tiene propósito, aunque no siempre uno que queramos celebrar; lo importante es ser honestos y transparentes. Y Carlos cerró con una reflexión que resume bien su trayectoria: propósito y negocio no solo no están reñidos, sino que pueden reforzarse mutuamente. Lo ha visto repetidamente: equipos más motivados, más cohesionados, más implicados y, en consecuencia, más productivos cuando sienten que su trabajo genera un impacto positivo real. La innovación con propósito no solo mejora la vida de las personas; también fortalece a las organizaciones que la abrazan.
La jornada en Barcelona dejó una conclusión clara: estamos en un momento de enorme complejidad, pero también de enormes posibilidades. La tecnología avanza a una velocidad vertiginosa, sí, pero el NUEVO EFECTO WOW no está en esa velocidad, sino en la capacidad de dirigirla hacia un propósito. Cuando anticipamos, cuando formamos, cuando reducimos brechas, cuando diseñamos con ética y cuando ponemos a las personas en el centro, la innovación deja de ser un destello efímero para convertirse en un camino compartido de transformación.
Ese es el NUEVO WOW que el libro de Carlos propone. Y fue también el que se vivió en esta presentación: un recordatorio de que la tecnología más admirable no es la que más brilla, sino la que mejora la vida de las personas.




